Felices navidades para todos y que el nuevo año nos traiga buenas noticias y mejores perspectivas.








Profundizando en la corriente de generosidad que se deriva de las comidas en grata compañía , el sabio aseguraba que “después de una buena comida se puede perdonar a cualquiera, incluso a los parientes” ("Deepening the flow of generosity that flows from the meals in pleasant company, the scholar says that "after a good meal can forgive anybody, even the family")








Podría parecer que tenemos un poco olvidada la buena hostelería de Gijón, para evitarlo Julián nos preparó una estupenda comida en un clásico como es la sidrería Casa Justo, en la avenida hermanos Felgueroso, templo de la ortodoxia sportinguista y del toreo con arte. Previamente aprovechamos para tomar un aperitivo en algunas de las mejores sidrerías cercanas, como la Zamorana o el Cartero. Una vez instalados comodamente comenzamos la comida con unos entrantes de cecina, crujientes de gambas y parrochas asadas, para pasar a un guisado de patatinas con tiñosu, especialidad de la casa. Postres, cafés y licores completan una comida agradable a la que asisten algunos amigos que echabamos de menos hace tiempo.






camente a comer cualquiera de esas cosas que se preparan con el empleo del soplete que en mi infancia se utilizaba para soldar con una barrita de estaño el fregadero de la cocina. Es fácil sustraerse a la tentación de las vanguardias culinarias. Basta con vencer ciertos complejos que nos llevan a creer que la cocina de siempre es una monserga ideológica, un resabio de la miseria española de post guerra, una manera de perpetuar la pereza mental el pueblo y su hipotética incapacidad histórica para sobreponerse al costumbrismo y al folclore. A lo mejor es que nos hemos dejado llevar por la obediencia ciega a quienes sostienen que su manera de comer revela la personalidad de un hombre, como si para eso no fuese suficiente con fijarse en su manera de hablar o en sus lecturas. Es por sus ideas, y no por sus eructos, por lo que suelo considerar la valía intelectual de las personas. Por más que se me diga que el buen gusto de una persona está relacionado con el contenido del menú que ordena en el restaurante, yo seguiré pensando que quienes dictan la estética en la calle son las hechuras del cuerpo, igual que quienes tiran del mundo hacia adelante no son los cocineros, ni los gourmets, sino los investigadores, los astilleros y los fabricantes de palas excavadoras. La comida como placer es más comprensible, y también más agradable, que la comida concebida como industria. Es cierto que muchas personas consideran que su evolución en la escala social se hace evidente al leer en francés el menú del restaurante y contarlo luego en la peluquería mientras les anda en la cabeza uno de esos estilistas que cobran una barbaridad por dejar medio calvas a las señoras con unas lociones que por simple goteo desatascarían el retrete de la Legión. Se habla mucho de la cocina y de la gastronomía como conquistas intelectuales y se olvida que en realidad la comida es una cosa que no tiene que servirnos para hablar, sino para masticar. Mi abuela materna y mi madre hacían unos guisos tradicionales cuyos olores ya solo existen como evocación literaria en mi memoria. Además de llenarnos el estómago y de marcarnos el alma, aquella comida manchaba la ropa e incluso a veces costaba despegarla de la vajilla. Ahora ya nadie cocina como entonces, ni resulta tan condimentado el menú, seguramente porque los cocineros sudan poco y se lavan demasiado las manos. Puede que eso carezca de importancia sociológica y es evidente que un país puede prosperar sin el guiso de calamares, pero algo hemos perdido al ignorar los viejos usos de la cocina. En muchos hogares hay una sola persona sentada a la mesa y en otros ni se enciende la cocina y solo cuando viene la muerte a cenar están algo calientes los difuntos. Sin duda es bueno que cada generación busque su camino y entienda a su manera la libertad, el progreso y el guiso de lamprea. Lo malo de romper drásticamente con los aspectos aromáticos y comestibles del pasado, es que, además de no legar a la posteridad sus ideas, muchos padres ni siquiera serán ya capaces de transmitirles a sus hijos el puntito de acidez de su aliento, aquella brisa como de sepia en la que se manifestaban sin la menor duda la genealogía, la personalidad y las manos culinarias de la abuela, aquella señora que acariciaba a sus nietos con la mano aún caliente de haber estrangulado con indiferente cariño una gallina. 




















Como bien dice en su página web, en Casa Telva "La cocina es tradicional asturiana, de mercado, sin olvidar la posibilidad de degustar la tradicional gastronomía belga, dadas las raíces belgas de Ivonne. La carta es amplia, de temporada, géneros de calidad y enriquecida con las múltiples jornadas gastronómicas que, durante el año, se van sucediendo. Cada sabroso plato lleva sello autóctono y casero..." y hasta allí fuimos, gracias a la previsión de nuestro compañero Miguel Angel, en un día soleado de primavera que permitió comer en la terraza. Previamente y mientras esperamos a algunos de los cofrades, tomamos un aperitivo en el bar del pueblo y saludamos a Manolo Hevia y su esposa Mamen, imprescindibles en esta activa población de Siero.MANUEL VICENT
Confundir el apetito con el hambre es un grave error de navegación gastronómica, pues si la primera dirección nos lleva al puerto donde se come para trabajar, el segundo rumbo nos conduce al lugar donde se trabaja para comer y, como es obvio, hay todo un abismo entre ambos conceptos. Cuando nuestros hijos aseguran después de hacer deporte que están muertos de hambre nos quieren decir que tienen apetito y cuando las personas de mi generación, que habíamos recibido una excelente educación, decíamos, allá por 1944, que todo nos gustaba y que, gracias a Dios, gozábamos de un apetito excelente, la triste realidad es que estábamos hablando del hambre. Estas sutilezas constituyen las perversiones del lenguaje, los matices de los eufemismos, las peculiaridades de los ejemplos y verbigracias.
En el ADN, o sea en la cadena genética, tenemos anotadas las crónicas de nuestras hambrunas y gazuzas, de nuestras necesidades y miserias. Los genes del hambre nos vigilan y controlan a distancia; nos lanzan de vez en cuando mensajes desde el más allá para que no olvidemos nuestro origen humilde. El hambre de nuestros antepasados está perfectamente apuntado en el libro mayor de las desgracias de la familia y eso se nota a simple vista, porque nos gustan las mesas llenas y las neveras hasta los topes; los que fuimos siervos de la gleba en un pasado remoto somos menos finos que la gentecita bien que sólo tiene el gen del apetito en su cartilla familiar, pero contamos, en cambio, con la generosidad del pobre que llevamos dentro y cuando viajamos repartimos con el prójimo el vino y la tortilla de patatas con más alegría. Mi abuelo Dositeo, a pesar de que comía como un pajarito, era un glotón teórico, un voyeur gastronómico, y le gustaba ver montones de comida el día de su santo porque el hambre le había perseguido de pequeño; por el contrario mi nieto Santiaguiño, que no es porque yo lo diga pero es más guapo que un san Luís, se niega a comer ese puré que alimenta tanto, hace bola y más de una vez me he tenido que poner de rodillas y con los brazos en cruz para que moje pan en el huevo frito. A veces pienso que Santiaguiño es un mutante que tiene algo desvaídos los genes del hambre, y que en un descuido de sus padres, y por el desarrollo económico, le han salido en el alma las alitas de los ángeles ricos, el gen del apetito.
La cocina española es de hambrientos, aquí reina el exceso y la desmesura, la exageración y el sabio principio del pobre que canta por bulerías antes reventar que sobre. En ningún otro lugar del mundo se ha cocinado tan sabiamente la casquería y el jarrete, nadie le ha sacado más partido a los despojos y a las sobras. Con ingenio, ajo y pan para mojar hemos superado el fantasma del hambre, nos hemos quitado a manotazos la miseria y erradicado la pelagra. Los callos, las manos de cerdo, el hígado encebollado y las misteriosas albóndigas son nuestras aportaciones a la cocina del mundo. Los pobres sólo tenemos el lenguaje y el hambre. Detrás de cada palabra del diccionario hay una legión de desharrapados que han pulido y torneado con el uso los verbos irregulares, y en el interior de cada receta histórica se esconde el esfuerzo de cien generaciones de villanos que han sabido sobrevivir a las hambrunas con la dignidad de un caballero. El ciscarse en la sintaxis y el convertir en un manjar lo incomible es el cotidiano milagro del pobre, el milagro de la multiplicación de los panes y de los verbos, el prodigio de andar sobre las hambres y los sueños del lago Tiberíades.
Ahora que soy cojo y viejo no sé si tengo los miedos de mi abuelo Dositeo o la lucidez de mi nieto Santiaguiño. Los hombres de mi generación dudamos de todo, somos medio príncipes y medio mendigos, como un Hamlet hambriento. Estoy lleno de dudas gramaticales y gastronómicas y nunca he sabido, a la hora del desayuno, si tengo que irme a la oficina y trabajar para comer o meterme en una cafetería y comer para trabajar.
José Manuel Vilabella. Revista Gastroastur
"No hay cuestión ni pesadumbre
que sepa amigo, nadar;
todas se ahogan en vino,
todas se atascan en pan…"
Francisco de Quevedo
" La mayor virtud del verdadero gourmand es no comer nunca más de lo que se pueda digerir con dignidad, ni beber más de lo que se pueda soportar con plena consciencia."
Grimod de la Reyniere
Ave color, vini clari! / ave, sapor sine pari!
¡Salud, vino claro! / ¡Salud, sabor sin igual!
Comienzo de un himno goliardesco. En la Edad Media, se llamaba goliardos a estudiantes y clérigos que hacían de juglares y componían canciones bufas, en latín macarrónico, elogiando la gula, la ebriedad y la vida desordenada.
Dios ha hecho los alimentos y el diablo, la sal y las salsas.
James Joyce
No hay amor más sincero que el que sentimos hacia la comida.
George Bernard Shaw
Y no vacilo en encomendarme a los grandes catadores de sidra y cerveza, porque si hubiera habido en sus reinos vino, la cálida y fastuosa sangre de la tierra, hubieran sido los príncipes de los catadores.
Álvaro Cunqueiro
"Una cierta tradición (...) llegada de la Francia decimonónica, había establecido una especie de matrimonios supercatólicos e indisolubles entre vinos y comidas. Por ejemplo: (...) blanco-pescados y tinto-carnes. Hoy en día, el divorcio entre estos elementos es legal, incluso está bien visto."
Xavier Domingo
"Cuando en el restaurante le pase a usted el anfitrión la lista de vinos con el designio evidente de que elija el más barato, elija usted el más caro. Así los anfitriones irán aprendiendo a elegir por sí mismos unos vinos pasables."
J. Camba
"La comida popular, buena o mala, debe constituir para el viajero un dato de tanto valor como el paisaje, con el que guarda siempre una íntima afinidad. Lo uno explica lo otro, y el automovilista que se ponga a comer caviar en la paramera de Ávila no comprenderá la solemnidad de la paramera ni apreciará tampoco la exquisitez del caviar, y será al mismo tiempo un pésimo viajero y un gastrónomo abominable."
J. Camba
Si existen buenos comedores predestinados, tambien los hay por su estado natural; tengo que indicar aqui cuatro grandes teorias: los financieros, los médicos, los literatos y los devotos. Los financieros son los heroes del buen comer. En este caso, héroe es la palabra apropiada, pues había combate; la aristocracia nobiliaria habría aplastado a los financieros bajo el peso de sus títulos y sus escudos, si estos no se hubieran enfrentado con una mesa suntuosa y sus cajas fuertes (...) Causas de otra naturaleza, aunque no por ello menos poderosas, actuan sobre los médicos: son gastrónomos por seducción, y tendrían que ser de piedra para resistir a la fuerza de las cosas (...) se les ceba como a pichones; se dejan, y en seis meses han adquirido la costumbre, ya son gastrónomos sin remisión...
Establecido que
“Cuando todo el mundo trata de ensanchar los horizontes de la cocina ensayando cruces de animales e injertos vegetales, remontando hasta sus orígenes el curso de los ríos y buscando una pesca abisal en el fondo de océano, he aquí a los vegetarianos, quienes pretenden no solo echarnos agua al vino, sino que se proponen a la vez quitar de nuestra mesa todas las tajadas para dejarnos únicamente algo de lechuga o escarola. ¿Que hay señores? poco apetito ¿eh? lo sentimos mucho, pero nosotros por ahora todavía podemos darle trabajo al diente".
Después está aquello de que hay que cuidar la cocina tradicional y mimar aquellas casas de comidas prodigiosas de nuestra tierra que hacen de la sencillez virtud; también, que una buena comida puede hacer perdonar a cualquiera, incluso a los parientes, por cierto que son abundantes las relaciones familiares en la cofradía actual, no solo de padres e hijos, también de tíos y sobrinos y la muy hispana institución del “cuñao”.
También hay otras razones mas alambicadas y “culturetas” alrededor de la gastronomía actual que favorecen la multiplicación de peñas y cofradías, como son la evolución de la comida tradicional hacia nuevas técnicas y productos, la irrupción del movimiento “Slow food” como contraposición a la barbarie de la comida rápida, de origen y composición desconocida, que rinde culto a la comida bien hecha, con productos de temporada y consumida con tranquilidad y respeto.
Pero sin duda el motor de estos casi veinte años de comidas mensuales es la necesidad de compartir un grato momento con amigos y hacer un alto en las preocupaciones y la rutina para hacer una excepción que recupere los niveles de acido úrico, colesteroles varios, azucares que no sacarinas y un poco de ese vino que estrecha las amistades y favorece la concordia. Nuestro poeta particular, el gran amigo Tista Hevia, que de vez en cuando nos regala unas coplas, hechas con maestría y buen humor, relatando los pormenores de nuestras comidas, lo reflejaba muy bien en su última crónica:
Un ratiquín en la villa de los Moscones
Que ye guapa y tien muncho que ver
Procurando almacenar les emociones
Pa contailes, en llegando, a la muyer.
Fue un día gloriosu, de sol y cielo azul
Nadie sintió una palabra maldecia
Fue tó amistá, jolgorio y gratitud
Y al final, ficimos planes pa otru día”.
©A. Alvarez, 2008